Elogio de la disputa a campo abierto. Rodrigo Amírola · · · · ·
 
   
Elogio de la disputa a campo abierto
Rodrigo Amírola · · · · ·
 
26/10/14
 




Podemos nació cuatro meses antes de las últimas elecciones europeas, celebradas el 25 de mayo de 2014, en las que obtuvo cinco eurodiputados e hizo saltar todas las alarmas de los poderes político, económico, intelectual y mediático del Régimen del 78. Después de pocos meses, Podemos se encuentra inmerso en su propio proceso de constitución como organización política abierta a la ciudadanía, calificado correctamente como inédito: “la Asamblea Ciudadana Sí Se Puede”. Ésta está programada para tener una duración de dos meses – comenzó el 15 de septiembre y finalizará el 15 de noviembre – y cuenta ya en su haber con su primer gran encuentro presencial desarrollado en Vistalegre que ha centrado gran parte de los focos mediáticos de esta última semana.

El discurso de Podemos insiste en atribuirle el carácter de hito democrático en la historia de nuestro país. A primera vista, puede parecer una exageración producto del adanismo de una nueva fuerza política emergente. Sin embargo, lo cierto es que el marketing político coincide estrictamente, en este punto, con la realidad al menos en dos sentidos: primero, se integran formas de participación ciudadana - incluidas herramientas telemáticas claramente innovadoras – que no hacen acto de presencia en procesos homologables de otras fuerzas políticas tradicionales y, segundo, la radicalidad democrática del método de Podemos y su encarnación en este evento augura que difícilmente estas mismas fuerzas podrán normalizarse de acuerdo las exigencias ciudadanas. Difícilmente veremos al desdeñoso Rajoy, al artificial Pedro Sánchez o a otros líderes del panorama político español responder a las preguntas más votadas por la gente a través de teléfonos móviles sin casi mediación de tiempo. Imaginar algunas respuestas interpela directa y automáticamente a nuestra vergüenza ajena.   

Las fuerzas políticas del Régimen suelen abusar del confuso sintagma “fiesta de la democracia” para caracterizar sus “actos constituyentes” que, anteriormente a la aparición de Podemos, ya tenían poco de fiestas pero a los que, después de su irrupción, no les queda ni el triste condimento de “democráticos”.  En éstos por comparación, todo aparece atado y bien atado: cada intervención de los ponentes, cada gesto, cada aplauso del público están diseñados y planificados de cara a la propia galería.

La Asamblea Ciudadana se configuró como un verdadero ejercicio de democracia articulado en torno a dos pilares fundamentales: la disputa y la transparencia. De la transparencia ya hemos hablado aunque queda algo por decir. Sin embargo, lo decisivo aquí y quizás lo más criticado por determinados sectores de dentro y fuera de Podemos, aunque por distintas razones, haya sido el momento de la disputa en el proceso. Unos no han visto con buenos ojos la falta de consenso respecto a la propuesta organizativa para la formación, otros se frotaban las manos con la disputa y trataban de transmitir la imagen de una nave a la deriva que no encuentra un rumbo claro.

No se trata de disputa en el sentido genérico de debate o intercambio de opiniones que, por cierto, se ha dado en la Asamblea de forma sana y provechosa en diferentes momentos y sobre distintos puntos de las propuestas, sino en el de antagonismo que tiene que ver con la existencia de principios o elementos innegociables. Desde mi perspectiva, el antagonismo es compatible y casi diría que necesario en relación al método de Podemos. Además no tiene por qué negar la pluralidad ni tampoco basarse necesariamente en la construcción de un enemigo interno.

Podemos surgió, entre otras muchas cosas, de una reivindicación profunda de la sociedad por recuperar la política que ya evidenció el 15-M. Ésta no podía seguir siendo secuestrada por el bipartidismo y, por ello, se necesitaba rearticular la relación entre los ciudadanos y sus representantes en las instituciones. La voluntad popular requería de otra serie de mecanismos para poder expresarse: las primarias abiertas y ciudadanas, la fiscalización transparente de las cuentas, la figura del revocatorio para limitar el poder del representante, la limitación de  mandatos y de salarios de los representantes.

Este método de vocación radicalmente democratizadora, que tiene como esencia la participación de la gente común, es incompatible con las consignas y apelaciones bienintencionadas a la unidad, al consenso, etc. En cierto sentido, tales voces chocan con el método de Podemos que siempre aceptó el momento de la decisión de la gente común, esa gente que no tiene por qué participar activamente a través de Internet, ni acudir necesariamente a Vistalegre en plena Asamblea Ciudadana, ni tampoco desconfiar absolutamente de la noción de representación para formar parte de Podemos.

A mi modo de ver, la principal lección a extraer del 15-M y de otros movimientos populares y democráticos que han irrumpido con fuerza por todas las latitudes del globo en los últimos años es la siguiente: la gente común o el 99% es una mayoría social que ha de convertirse en mayoría política. Esta tesis implica políticamente 1) renunciar como eje vertebrador de las propuestas políticas a determinadas identidades que tuvieron extraordinaria fuerza en el pasado, 2) empeñarse en construir una ciudadanía activa que acompañe los procesos de cambio y 3) aceptar que la participación de la ciudadanía se da de maneras muy diversas que no pueden reducirse al tipo de militancia imaginada por las formas tradicionales de hacer política.

En el particular caso de Podemos, la gente no estaba sólo en Vistalegre, sino que otros participaban a través de internet, otros financian económicamente el proyecto político desde el comienzo, otros ponían a la disposición de esta aventura común sus diferentes talentos, otros, los más atareados, no tienen tiempo ni siquiera para participar de modo alguno pero siguen el proceso con ilusión. Todos ellos forman parte de Podemos y tienen derecho a elegir qué modelo desean entre los distintos que puedan ofrecerse desde las diferentes perspectivas que finalmente han conformado un proyecto.

En definitiva, se nos presenta esta alternativa: o bien aceptar el consenso y la unidad a toda costa, teniendo incluso la tentación de construir verdaderos proyectos Frankenstein que incluyen elementos difícilmente conciliables pero que son obligados a aparecer de forma armónica por una voluntad violentamente bienintencionada, o bien aceptar la existencia de diferentes proyectos éticos, políticos u organizativos que presentan elementos incompatibles y sobre los cuales la gente, por tanto, debe decidir.

Un ejemplo puede ayudar a aclarar el asunto. Respecto a la cuestión del liderazgo e hipotéticamente, si un equipo entiende que es necesaria una única figura para cumplir esa función, y, por el contrario, otro apuesta por un órgano colegiado de siete miembros, parece complicado llegar a un consenso, por ejemplo, en tres. No hay un término medio entre ambas posiciones porque ambos modelos responden a lógicas diferentes que se verían desnaturalizadas por completo si se vieran forzadas a confluir. Dado que esta decisión configura el carácter de la organización en su conjunto recoge un principio irrenunciable con el que no se puede negociar, ni llegar a acuerdos de familias. Otro tanto pasaría con ciertas estrategias políticas para el próximo ciclo político-electoral. Llegar a pactos para satisfacernos a nosotros mismos como parte podría suponer perder de vista que nuestro objetivo y nuestra deuda es para con toda la sociedad.

Por otro lado, la transparencia es otra de las claves de bóveda del proyecto de Podemos. Comúnmente se señala una cierta continuidad esencial entre el 15-M y Podemos. En realidad, la condición de posibilidad de Podemos no es tanto el 15-M, sino la crisis de régimen de la que aquél es un síntoma. El lema principal era, no está de más recordarlo, No somos mercancías en manos de políticos y banqueros. Quizás no hubiera una impugnación frontal de la representación como pretendían algunos tanto a la derecha como a la izquierda del régimen y fuera de él. Más bien, como apuntábamos antes, se tratara del clamor de la necesidad de un replanteamiento de la relación entre representantes y representados. La confianza, que implica toda representación, necesita como una condición imprescindible para no ser ingenua  que las diferencias, los disensos y los desacuerdos entre los posibles representantes se expresen públicamente y con claridad. Por ello, celebramos con alegría y esperanza la disputa pública y transparente entre los distintos proyectos políticos vivos y enfrentados en Podemos.

Rodrigo Amírola es licenciado en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid, y fue alumno del Posgrado dirigido por SinPermiso : “Análisis filosófico-político y económico del capitalismo contemporáneo"

 

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www.sinpermiso.info, 26 de octubre de 2014