¿Salir del euro?. Pierre Khalfa · · · · ·
 
   
¿Salir del euro?
Pierre Khalfa · · · · ·
 
22/06/14
 



El semanario francés de izquierdas Marianne dedicó el pasado enero un amplio reportaje y varias entrevistas a debatir el abandono del euro desde una posición favorable [http://www.marianne.net/Sortir-de-l-euro-Le-debat-interdit-est-ouvert_a235455.html]. Pierre Khalfa, una de las cabezas más lúcidas del Front de Gauche francés, respondió con precisión e inteligencia haciendo ver las contradicciones e inconvenientes de dicha postura.

 

 «Sortir de l’euro? Le débat interdit» [«¿Salir del euro? El debate prohibido»] titula Marianne (N° 876, del 31 de enero al 6 de febrero). Se podría ironizar que este sedicente debate es objeto regularmente de intercambios argumentados en una serie de órganos de prensa, ya sea a derecha o a izquierda, que esta perspectiva la evocan regularmente ciertos responsables políticos y que en páginas interiores Marianne reconoce que «en todos los ministerios de Finanzas de la [euro]zona, lo mismo que en todos los servicios de estudios y de gestión de riesgos de las grandes entidades financieras, todo el mundo está encima de ello». Para tratarse de un debate prohibido… Se podría también hacer notar que «olvida» Marianne conceder la palabra a una posición, aquella para la que entrada en vigor del euro no es más que uno de los aspectos de un problema más vasto, la imposición en Europa por todos los gobiernos de políticas neoliberales ejecutadas en nombre de la competitividad.

 

La entrevista con E. Todd, descifrada

 

En este dossier, la entrevista de Emmanuel Todd es como para mandar que lo detengan. Ahí también se podría ironizar sobre esas declaraciones suyas escudriñando el inconsciente de François Hollande: «su inconsciente dice que tiene miedo». Es el mismo Todd, partidario del «hollandismo revolucionario» que durante la campaña electoral de 2012 apoyaba a François Hollande y preveía que se vería forzado por la crisis a tomar medidas antiliberales…

 

En su entrevista, Todd trata al Parlamento Europeo de «falso parlamento». Sin embargo, la comparación entre el Parlamento Europeo y el Parlamento francés no se resuelve necesariamente a favor de este último. Uno y otro carecen de iniciativa legislativa y, en el caso francés, la utilización de un nicho parlamentario para presentar una proposición de ley no tiene más oportunidad de llegar a término que el acuerdo del gobierno. Sin embargo, con la instauración de la codecisión en numerosos terrenos, el Parlamento Europeo puede bloquear una directiva en caso de desacuerdo con el Consejo, después de un procedimiento de enmiendas y de ida y vuelta con el Consejo, algo a lo que se ha llegado varias veces. Por contraste, si bien el Parlamento francés puede en teoría bloquear un proyecto de ley del gobierno, en el práctica ya es otro cantar totalmente distinto, pues los parlamentarios de la mayoría están sometidos a una lógica institucional que los convierte, in fine, en solidarios con el gobierno. Como todo los antieuropeos, Todd se niega a reconocer que es debido a que la democracia se ha vaciado de contenido a escala nacional por lo que es casi inexistente a escala europea. Así, si bien la construcción europea ha asistido al surgimiento de instituciones supranacionales, bien que son los estados nacionales los que han decidido, a fin de cuentas, sus orientaciones. Haya sucedido eso en el marco de los consejos de ministros, del Consejo Europeo o de las Conferencias Intergubernamentales (CIG), los estados han seguido manteniendo el control sobre la construcción europea. Lejos de haberse visto desposeídos de su poder, han dominado la escena europea…¡pero discretamente, entre bastidores! La historia de la construcción europea se ha convertido así en la de las grandes maniobras, la de la diplomacia secreta, enturbiada sólo por las discusiones con la Comisión. Este modo de construcción de la Unión ha desembocado en el resultado que conocemos: una Europa antidemocrática y neoliberal.

 

Todd indica que la salida del euro desencadenaría «una revolución social, la limpieza de élites mal formadas, envejecidas, arcaicas, algo comparable a lo que sucedió en 1945». Si bien su caracterización de las «élites» actuales tiene probablemente una parte de verdad, falta sin embargo un rasgo esencial, el de estar dominadas por la ideología neoliberal de la competitividad. Se puede dudar, de hecho, de que la salida del euro desencadenara la revolución social anunciada, pues a menos que ésta preceda a aquella, la salida del euro la llevarán a cabo esas élites y no se ve por qué razón habrían de hacerse el harakiri.

 

Devaluar no es un juego

 

Más allá de esta entrevista un tanto caricaturesca, hay un argumento en forma de bucle que vuelve en las declaraciones de los partidarios de la salida del euro. La vuelta a la moneda nacional permitiría restablecer mediante la devaluación la competitividad de la economía francesa. Al devaluar, los productos serían así más competitivos para la exportación. Este análisis descansa en la tesis de que el problema central de la economía francesa tiene que ver con la compétitivité de precios. Los productos franceses serían más caros. Más allá del hecho de que este análisis es exactamente el del Medef [la patronal francesa] que preconiza una bajada de los costes salariales, contradice todos los informes un poco serios sobre la competitividad francesa, que indican por el contrario que el problema fundamental de la economía francesa es la competitividad aparte de los precios, es decir, una ausencia patente de innovación, una inadecuación a la demanda, un tejido industrial desarticulado dominado por grandes grupos que presionan a sus subcontratistas. En esta situación, una devaluación constituiría una medida bastante poco adecuada, pues, contrariamente a lo que afirma el banquero de negocios Phillipe Villin en su entrevista, los fabricantes alemanes de coches no venden en Francia más que vehículos de alta gama y, en modelos equivalentes, los coches alemanes son hoy más caros que los franceses: Peugeot, por tanto, no se salvaría.

 

Una devaluación monetaria, ¿nos protegería de una devaluación interna que se efectuara mediante el descenso de la masa salarial? Evidentemente, no, pues habría entonces que luchar por «defender nuestras exportaciones» e históricamente las devaluaciones se han visto siempre acompañadas de políticas de austeridad. Por otro lado, es lo que confiesa el mismo Philippe Villin dejándolo caer en una frase que indica que, tras la devaluación de la moneda, «estaríamos salvados, siempre y cuando retomásemos también las reformas estructurales que se imponen». En la neolengua de los economistas liberales, la expresión «reformas estructurales» significa bajada de los costes de trabajo, recortes del gasto público y cuestionamiento de la protección social.

 

Pero como todos los países se han lanzado a una carrera de competitividad, las medidas de austeridad son las mismas en todas partes. En una Europa económicamente integrada en la que los proveedores de unos son los clientes de los otros, una orientación de ese género se traduce en un juego de suma cero y conlleva una lógica recesiva que agrava todavía más la dificultad de las empresas. Las políticas de austeridad continuarían, pues, tanto más por cuanto la devaluación conllevaría una inflación de la que se derivaría el alza de precios de los productos importados. Defensor de la salida del euro, Jean-Marc Daniel, experto economista del Instituto de la Empresa, se ve obligado a admitir en su entrevista que «la inflación mordisquearía nuestras ventajas competitivas y la factura petrolera explotaría en proporciones que harían pasar la ecotasa que denuncian los «bonnets rouges » [*] por un vulgar pinchazo». Y negándose, por otra parte, a restaurar el control de cambios, medida que considera impopular, no evoca curiosamente la fuga de capitales, inevitable en caso de devaluación, ni la posibilidad de ataques especulativos contra la moneda.

 

Pero eso no es lo esencial. Una estrategia de devaluación competitiva, que apunte a ganar parcelas de mercado contra los demás países, engendrará una espiral de políticas económicas no cooperativas. Lejos de inducir a una mayor solidaridad entre los pueblos, esa estrategia se traduciría en una mayor competencia, más dumping social y fiscal, lo que tendría como consecuencia un agravamiento de las tensiones xenófobas y nacionalistas en una situación en la que por toda Europa va viento en popa. La salida del euro se demuestra un espejismo milagroso y no puede ser un proyecto progresista. Por otra parte, el economista André Orléan, uno de los  fundadores de la red de Economistas Aterrados, ve correctamente el problema, puesto que señala en su entrevista que «la salida del euro no es (…) un fin en sí mismo (…) habría que volverse imperativamente hacia nuestros socios para convencerles de repensar en común el marco de nuestra cooperación». Pero cómo abogar entonces por una nueva cooperación, cuando los defensores de una salida del euro reconocen que ésta sería no cooperativa.

 

Orléan señala que «las sociédades del CAC 40 [índice bursátil francés] han retribuido con 43.000 millones de euros a sus accionistas en forma de dividendos y rescate de acciones. Este montante se ha elevado un 4% en relación a 2012». Esta situación no guarda ninguna relación con el euro y una salida de la moneda única no cambiaría nada de ello. La cuestión central, que los partidarios de la salida dejan casi siempre de lado, es la de la dominación del capitalismo accionarial. Con euro o sin él, sin atacar eso, nada cambiará.

 

¿Y la deuda en todo esto?

 

Queda un debate, ¿qué consecuencia tendría una devaluación sobre la deuda pendiente de pago? Hasta fecha reciente, todo el mundo, partidarios de la salida del euro incluidos, admitía que la deuda pendiente de pago aumentaría en proporción a la devaluación de la moneda. Así, afirmaba Jacques Sapir en la época: «Si estamos en la hipótesis de una salida aislada, entonces aumentará la parte de la deuda en manos de los no residentes. Como hay un 66% de la deuda en manos de no residentes, si el franco se devalúa un 20 %, esto significa un incremento del 13,2 % de la deuda pública».[1] Los partidarios de la salida del euro argumentan hoy, de hecho, que habiéndose emitido lo esencial de la deuda pública francesa de acuerdo con el Derecho francés, se reformularía en moneda nacional y, por consiguiente, sin efecto alguno tras una devaluación. Un término erudito, retomado por Marianne, se supone que justifica este punto de vista: lex monetae.

 

Este análisis yerra en varios puntos. La emisión de deuda garantiza en el Derecho francés que en caso de conflicto entre el Estado y sus acreedores, este conflicto se vería ante los tribunales franceses, lo que por otro lado no garantiza en modo alguno que prevalezca el Estado. Hay a continuación dos supuestos posibles. Si estalla la zona euro y el euro desaparece, los Estados tendrán que pasarse entre ellos una convención que indique las tasas de conversión entre el euro y las nuevas monedas, y los contratos en euros se formularían entonces en las nuevas monedas con las tasas de conversión negociadas. No cabe duda de que los acreedores estarán representados en la mesa de negociaciones y defenderán con firmeza sus intereses con la ayuda de amenazas. Si el euro sigue existiendo como moneda, no se ve por qué los acreedores, sobre todos los no residentes, aceptarían que una deuda estipulada en euros lo sea en una moneda menos fuerte. Y ya sea que se llegue entonces a un acuerdo a través de la activación de cláusulas colectivas, ya sea que el gobierno francés se imponga, en ambas situaciones, se trata de una anulación parcial de la deuda. Lo que, en efecto, siempre es posible, ya se trate de una moneda única o no, con la condición de tener la voluntad política de enfrentarse a los mercados financieros.

 

No se trata sólo de una cuestión jurídica, contrariamente a lo que piensan los partidarios de la salida del euro. En caso de desaparición del euro, habrá que aguantar en la mesa de negociaciones y buscar aliados, lo que supone compromisos y, por tanto, tener en cuenta los intereses de los acreedores. En caso de mantenimiento del euro y suponiendo incluso que los tribunales franceses le den la razón al Estado, lo que no está en modo alguno garantizado, los acreedores podrían entonces recurrir a otras jurisdicciones (Londres o Nueva York, por ejemplo) para intentar que se condene a Francia. Habrá entonces que negarse a aplicar decisiones jurídicas, lo que supone un pulso con las instituciones internaciones y los mercados financieros. En resumen, la aplicación de la lex monetae, sedicente nuevo «ábrete, Sésamo» para una salida tranquila del euro, corre el riesgo de ser más complicada de lo previsto.

 

¡Por un pulso!

 

Entonces, ¿qué hacer? [2] ¿Nos veríamos condenados, bien a la impotencia, al aceptar la situación actual, bien a lanzarnos a una aventura de alto riesgo con la salida del euro? Existe, no obstante, una tercera vía para los pueblos europeos. Pasa por un enfrentamiento con las instituciones europeas y los mercados financieros. No se producirá ningún cambio substancial sin abrir una crisis de envergadura en Europa y sin apoyarse en movilizaciones populares. Un gobierno de izquierda debería explicar que está ligado a la construcción europea, pero que se niega en nombre de ésta a que se destruyan los derechos sociales y las poblaciones depauperadas.

 

Debería mantener el siguiente discurso: «El euro es nuestra moneda. Pero los tratados lo han colocado bajo dominio financiero. El BCE financia a la banca privada a tasas casi nulas y ésta presta a continuación a los estados a tasas exorbitantes. No queremos seguir sometidos a los mercados financieros. Queremos hacer que el euro funcione al servicio de las necesidades sociales y ecológicas. Queremos poner nuestros bancos bajo control ciudadano para que sirvan a las verdaderas necesidades de la sociedad y no a la codicia de sus accionistas. Nosotros, como gobierno de este país, empezaremos por actuar  así en nuestra propia casa. Invitamos a los movimientos sociales y a los pueblos europeos a hacer otro tanto en todas partes para reapropiarnos juntos de nuestra moneda y refundar la Unión Europea sobre otras bases».

 

El gobierno en cuestión tomaría una serie de medidas unilaterales, explicando que éstas tienen vocación de extenderse a escala europea. Se trata de medidas unilaterales cooperativas, en el sentido de que no se dirigen contra ningún país, contrariamente a las devaluaciones competitivas, sino contra una lógica económica y política y que, cuanto más importante sea el número de países que las adopten, más aumenta su eficacia. Por tanto, en nombre de otra concepción de Europa es cómo debería un gobierno de izquierdas poner en práctica medidas que rompen con la construcción actual de Europa. Así, por ejemplo, un gobierno de izquierda podría ordenar a su banco central financiar los déficits públicos por medio de la creación monetaria. Por otra parte, esto podría hacerse indirectamente sin violar siquiera formalmente los tratados europeos utilizando como intermediario una entidad pública de crédito como, por ejemplo, en Francia la Caisse des Dépôts [Caja de Depósitos] [3]. Se trata fundamentalmente de comprometerse en un proceso de desobediencia a los tratados y por eso mismo de un pulso con las instituciones europeas.

 

Una actitud así mostraría concretamente que hay alternativas a las políticas neoliberales. Pondría a los gobiernos contra la pared y les enfrentaría a su opinión pública. Sería un estímulo para que los pueblos se movilizaran. Un discurso resueltamente proeuropeo, vuelto hacia la democracia, la justicia social y medioambiental, encontraría un considerable eco en otros pueblos europeos y movimientos sociales. Los dirigentes europeos intentarán seguro aplicar represalias. Se amenazará al pueblo desobediente con un boicot económico total, una amenaza por otro lado más creíble contra los países pequeños que contra los más grandes, sobre todo Francia.

 

El desenlace de este pulso no está escrito de antemano. Una exclusión forzada del país rebelde, aunque el Tratado de Lisboa no prevea ninguna posibilidad de excluir a un país de la zona euro, ¿sería posible, tal como se amenazó a Grecia en caso de victoria electoral de la izquierda radical de Siryza? ¿Podría un efecto dominó progresista ganarse a otros países que se escindirían y podrían instaurar un euro-bis, con innovaciones fiscales y presupuestarias, solidarias y ecológicas, que lo harían viable? ¿Se produciría un vuelco de la zona euro por una refundición de los tratados? Todo dependerá de las relaciones de fuerza construidas que podrán construirse a escala europea. La desobediencia europea, empezando si es necesario en un país, se puede concebir y popularizar, no como el inicio de un estallido de solidaridades europeas sino, por el contrario, como instrumento para acelerar el surgimiento de una comunidad política europea, un embrión de «pueblo europeo».

 

La divergencia con los partidarios de la salida del euro se centra en dos puntos: por un lado, no es posible, desde un punto de vista progresista, promover una estrategia, la devaluación competitiva, que incrementa la competencia entre pueblos y estados; por otro lado, si no puede excluir, en ciertos casos, una salida del euro, ésta sería resultado de la coyuntura y de una batalla política por una refundación de la Unión Europea y no un proyecto político a priori. Estos dos puntos están evidentemente ligados. Precisamente porque no hemos renunciado a la batalla por una Europa de la solidaridad es por lo que no podemos brindar un proyecto, la salida del euro, del que es negación.

 

Notas:

 

[1] Citado por Libération, 16 de enero de 2014.

 

[2] Véase: Thomas Coutrot, Pierre Khalfa, Crise de l’euro : sortir du carcan, en Nous désobéirons aussi sous la gauche!, bajo la dirección de Paul Ariès y René Balme, Editions Golias, septiembre de 2012; Fondation Copernic, Changer vraiment!, Editions Syllepse, junio de 2012; Pierre Khalfa, Catherine Samary, La monnaie, l’euro, ne pas se tromper de débat, enero de 2011; Michel Husson, Quelles réponses progressistes?, Les Temps Nouveaux, otoño 2010; Jean-Marie Harribey, Sortir de quoi?, abril de 2011, http://harribey.u-bordeaux4.fr/trav...; Daniel Albarracín, Nacho Álvarez, Bibiana Medialdea (España), Francisco Louçã, Mariana Mortagua (Portugal), Stavros Tombazos (Chipre), Giorgos Galanis, Özlem Onaran (Gran Bretaña), Michel Husson (Francia), Que faire de la dette et de l’euro?, Un manifeste http://tinyurl.com/euro13.

 

[3] Se trata de utilizar las posibilidades ofrecidas por el artículo 123-2 del Tratado sobre  funcionamiento de la Unión Europea.

 

[*] Nota del t.: «bonnets rouges», literalmente «gorros rojos», en referencia a los que portaban quienes participaban en el movimiento de protesta surgido en Bretaña en otoño de 2013 –camioneros, agricultores, obreros, parados, pescadores, patronos- y que se oponía a la aplicación de la ecotasa y otras medidas fiscales sobre la contaminación de vehículos de transporte de mercancias.  

 

Pierre Khalfa es sindicalista, miembro del Consejo Económico, Social y Medioambiental francés, copresidente de la Fundación Copernic y miembro del consejo científico de Attac. Forma parte de Ensemble [Juntos], tercera formación del Front de Gauche, junto al Parti de Gauche (PG) y el Partido Comunista Francés.

 

Traducción para www.sinpermiso.info: Lucas Antón

 

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www.regards.fr, 3 de febrero de 2014