Reino de España: en el Congreso de CCOO ha habido algo más que un cambio de secretario general. Litus Alonso · · · · ·
 
   
Reino de España: en el Congreso de CCOO ha habido algo más que un cambio de secretario general
Litus Alonso · · · · ·
 
11/01/09
 
 

Cerca de millón de parados más que en 2007, un espectacular incremento anual del desempleo rayano en el 45%, el más alto de los países de la OCDE. En el país de décadas de prosperidad ilusoria, en el país que, bajo Felipe González, se convirtió oficialmente en un héroe empresarial al delincuente Mario Conde, en el país que, bajo Aznar y bajo Zapatero, se estimuló y hasta premió como modélica la gestión empresarial del procesado Francisco Briones –el Madoff español—, el movimiento obrero y los sindicatos tenían que empezar a reaccionar. El reciente Congreso de la mayor organización de los trabajadores del Reino de España, Comisiones Obreras, muestra que esa reacción, ya sea tímidamente, ha comenzado. SP.

 

Los resultados del 9º Congreso Confederal de CCOO, celebrado en Madrid entre el 17 y el 20 de diciembre pasados, han tenido como nota más destacada la elección como secretario general de Ignacio Fernández Toxo, que se impuso por 512 votos a 484 a José Mª Fidalgo. Más ajustada fue aún la votación de la Comisión Ejecutiva, de 43 miembros, en que la candidatura encabezada por Toxo obtuvo 509  votos frente a los 488 de la de Fidalgo. La nueva Ejecutiva la integran 22 y 21 personas de cada candidatura, respectivamente.

 

Un dato aparentemente anecdótico puede dar idea del clima de expectación generado por  la posibilidad del relevo en la secretaría general: por primera vez en la historia de los congresos de CCOO, no faltó ni uno de los 1.001 delegados y delegadas convocados al Congreso (11 substituciones de las ausencias de última hora lo hicieron posible).

 

Explicar las razones de este cambio, primero, y atisbar las consecuencias que pueda tener para el futuro de CCOO,  después, requiere hacer un poco de historia.

 

La llegada de Fidalgo a la secretaría general

 

Antes del 7º Congreso, celebrado en el año 2000, Antonio Gutiérrez propone como sucesor a Fidalgo. Toxo, entonces secretario general de la Federación del metal (la principal organización de rama de CCOO) se postula también para el cargo. Pero esta confrontación no se lleva al congreso. Acatando el criterio de Gutiérrez, la decisión no se toma en ningún órgano del sindicato, sino en reuniones de "notables": miembros de la Ejecutiva y secretarios/as generales de ramas y territorios pertenecientes a la corriente mayoritaria del sindicato. Este procedimiento impide medir los apoyos reales de cada candidato, excluye del debate a todo el sector crítico (corriente de izquierda con una representación, entonces, del 25%) e impone un funcionamiento ajeno a la organicidad y a la confrontación democrática.

 

Fidalgo sale victorioso de este irregular proceso de designación y, en el congreso, es elegido con el 75% de los votos.

 

Durante ese mandato, Fidalgo continúa la política de exclusión de los sectores discrepantes, ya practicada por Gutiérrez, y provoca una nueva ruptura: alegando pérdida de confianza en el secretario de organización, Rodolfo Benito, lo cesa  y envía a la oposición a una parte de la corriente mayoritaria. En el 8º Congreso, Fidalgo es reelegido con el 59%.

 

La dirección del sindicato y la lógica "gobierno-oposición"

 

En CCOO, cualquier candidatura avalada por un 10% de apoyos tiene derecho a presentarse a los órganos de dirección, y la composición de éstos refleja el porcentaje de votos obtenidos en la votación correspondiente. Así se garantiza, en teoría, que la pluralidad de opiniones, corrientes o sensibilidades existentes en el sindicato esté presente y participe en las tareas de dirección. En la práctica, esta norma estatutaria es habitualmente conculcada. Las responsabilidades efectivas se eligen individualmente, a propuesta del secretario general, por mayoría simple. Así, hace más de 15 años que quienes son elegidos por candidaturas alternativas o, simplemente, no son completamente afines al secretario general, se ven privados del ejercicio de responsabilidades efectivas de dirección.

 

Tras esta práctica excluyente encontramos la idea de que el sindicato se ha de regir por la lógica de "gobierno-oposición" (1). Llevada al extremo, esta lógica implicaría que cualquier discrepante no pudiera ejercer responsabilidades ni tan sólo en el ámbito de la sección sindical de su empresa. En una organización de carácter confederal, y con la dimensión y complejidad de CCOO (más de 1.200.000 afiliados y afiliadas), la aplicación de dicha lógica es paralizante, porque prescinde de la aportación de muchas y muchos buenos sindicalistas, y autodestructiva, porque genera una cultura de la sumisión ajena a la esencia de un sindicato: organización de la que se dotan los trabajadores/as para defender sus intereses y ejercer como sujeto del conflicto social.

 

Los nuevos conflictos en la dirección confederal

 

Tras el 8º Congreso (2004), Fidalgo ha visto como se resquebrajaba su ya limitada mayoría. Por un lado, ha tenido enfrentamientos con algunas federaciones: por ejemplo, oponiéndose a la proyectada fusión entre la Federación de Comunicación y Transporte y la de Administración Pública. Por otro, ha llevado su empuje nacionalista español al terreno interno, generando un conflicto de enormes proporciones con la CONC (Comissió Obrera Nacional de Catalunya, segunda organización territorial de CCOO con más de 180.000 cotizantes). Para entender este conflicto, hay que recordar que la CONC se autodefine como "sindicato nacional y de clase" y que, en sus estatutos, establece su soberanía organizativa.

 

La CONC siempre ha celebrado sus congresos poco antes de los confederales. Esta vez, un nuevo reglamento determina que las organizaciones de rama y territorio han de tener sus congresos con posterioridad al confederal. A pesar de ello, siguiendo la costumbre y en ejercicio de su soberanía, la CONC convocó su congreso para el 4 y 5 de diciembre. La reacción de Fidalgo fue proponer a la Ejecutiva confederal que impugnara el congreso de la CONC; como la Ejecutiva no aprobó la propuesta, presentó la impugnación a título individual, pero ésta fue desestimada por la comisión de garantías.

 

Fidalgo perdió, pero enconó un conflicto que jamás había adquirido tal dimensión. Hay que sumar, además, su falta de sintonía con CCOO de Euskadi, poco proclives a identificarse con el ideario españolista de Fidalgo.

 

Junto a estos conflictos, y aunque sea de forma secundaria, han pesado también otros aspectos más puntuales: desde la asistencia de Fidalgo a seminarios de la FAES de Aznar, considerada ofensiva por algunas personas, hasta su actitud comprensiva con las grandes empresas eléctricas partidarias de la energía nuclear.

 

Los mimbres de la candidatura de Toxo

 

De forma esquemática, tres son los sectores que han dado su apoyo a Toxo. Uno, las diversas variantes del sector crítico tradicional, partidarias de un giro a la izquierda del sindicato y víctimas veteranas de la exclusión interna. Dos, la corriente "rodolfista", mayoritaria en Madrid y en diversas federaciones, sin grandes diferencias en política sindical cotidiana pero partidaria de reafirmar el lugar de CCOO dentro de la izquierda social, amén de deseosa de superar su condena al ostracismo. Tres, una parte  de la anterior mayoría confederal (en especial, la gente más cercana al propio Toxo y la dirección de la  CONC), convencida de la necesidad del cambio para superar los conflictos existentes y evitar crear otros nuevos.

 

Aunque la candidatura se presenta formalmente a dos meses escasos del Congreso, hacía ya tiempo que se trabajaba en ella. A favor, tenía la coincidencia de esos tres sectores en proponer un candidato alternativo a Fidalgo y que dicho candidato proviniera de la mayoría. En contra, diversos factores: el riesgo de trasladar la confrontación hacia "abajo" (a las organizaciones de rama y territorio que aún han de celebrar sus congresos); la dificultad de explicar que el secretario de acción sindical fuera la alternativa al secretario general; las presiones del aparato cercano a Fidalgo, que argumentaba que la candidatura de Toxo suponía romper el sindicato y, último pero no menos importante, la infausta lógica de "gobierno-oposición", que pretendía que no era legítimo que el secretario general de CCOO fuera elegido con los votos de los sectores discrepantes de la mayoría.

 

A pesar de todo ello, Toxo ganó, y ésa es la noticia. Que lo hiciera por poco corresponde a lo difícil que era ganar a un secretario general en ejercicio que quería seguir siéndolo.

 

¿Hasta dónde va a cambiar CCOO?

 

Eso está por ver, pero hay que partir de algunos hechos. Primero, el programa de acción aprobado en el Congreso ha contado con casi el 95% de apoyo; cierto es que en su elaboración sí participaron gentes de todas las corrientes y recoge enunciados que, hace 25 años, sólo eran patrimonio de los sectores más de izquierda (como que no ha de ser la clase trabajadora quien pague esta crisis). Segundo, no hay un balance autocrítico compartido de la etapa anterior; aunque el informe-balance de Fidalgo se aprobó con sólo el 54%, eso tiene más que ver con la situación interna que con un replanteamiento de la política del sindicato. Tercero, el "diálogo social" (la negociación permanente e institucionalizada con gobierno y patronal) sigue siendo considerado mayoritariamente como un  eje prioritario de la actividad sindical, al margen de los pobres, cuando no negativos, resultados que ha comportado.

 

A tener en cuenta también tres elementos que destacan en las declaraciones de Toxo, particularmente en sus dos intervenciones en el Congreso. Uno, la voluntad de que la pluralidad existente en CCOO recupere la normalidad, acabando con las exclusiones y reclamando la participación de todos los sectores en la dirección del sindicato (con invitación expresa a los partidarios de Fidalgo). Dos, el reconocimiento del carácter plurinacional del Estado y su traducción en la práctica externa e interna del sindicato. Tres, la afirmación de CCOO como un componente de la izquierda social, manteniendo su independencia política y organizativa pero lejos de la pretendida equidistancia de PP y PSOE.

 

Con todo ello, no está a la vista un gran cambio en la política sindical de CCOO, pero sí parece razonable esperar algunas mejoras en la situación interna: que se debatan las diversas opiniones y posturas con mayor normalidad y sin tantos votos predecididos, que los órganos de dirección jueguen más su papel (en detrimento de las reuniones sólo de la mayoría en las que, además, se imponía la disciplina de voto), que se respete más el carácter confederal del sindicato, aumentando la participación de federaciones y territorios en la elaboración de la política global. Si es así, ya tendrá valor en sí mismo. Además, esa nueva situación dejaría abierta la posibilidad de otros cambios más profundos: no sólo de cultura interna, sino también del papel de CCOO en la sociedad capitalista globalizada y precarizada que nos toca vivir.

 

El futuro inmediato tras el Congreso

 

Entre las muchas incógnitas, una de especial trascendencia: ¿qué actitud tomará la gente que ha apoyado a Fidalgo? Es obvio que el sindicato no puede, ni quiere, funcionar sin el 48% de su activo. La voluntad de integración y de superar trincheras y exclusiones ha de empezar por la dirección confederal y llegar a todos los procesos congresuales pendientes, pero esa voluntad no se convertirá en realidad sin el concurso de todas las partes. Los congresos de federaciones y territorios se harán durante los próximos tres meses y permitirán clarificar las cosas.

 

Es de esperar que Fidalgo, y alguna persona más del núcleo dirigente anterior, se retire en breve de la Ejecutiva. Lo relevante será la posición que adopten quienes vayan a continuar. ¿Querrán o no aceptar las secretarías que se les ofrezcan?

 

Las críticas ácidas y descalificatorias hacia la candidatura de Toxo, presentándolo como un cajón de sastre sin proyecto que llevaría el sindicato al desastre, tenían una parte de lógica electoral, pero quizás algunos y algunas las hayan interiorizado hasta el punto de no querer comprometerse con la nueva, y muy plural, mayoría confederal. Y el correlato de tal actitud sería que, en las organizaciones donde el "fidalguismo" es mayoritario, se lanzara una doble guerra: contra la discrepancia interna y contra la dirección confederal.

 

Cabe esperar que no sea ésta la actitud predominante. Esa doble guerra sería una apuesta segura por el fracaso colectivo, y no sería una opción de futuro sino una reacción de despecho. Más normal sería que las grandes tensiones vividas se apacigüen con el tiempo, y se imponga el criterio de tomar nota de la nueva situación y seguir trabajando.

 

En todo caso, lo deseable es que sea así, porque, con lo que está cayendo, una situación de crisis en CCOO sería una muy mala noticia para la clase trabajadora.

 

NOTA: (1) Véase: Javier Cobos, "Congreso de CCOO. conformar una nueva mayoría" en SIN PERMISO del 14-12-08

 

Litus Alonso, veterano sindicalista con más de 30 años de militancia en CCOO, es actualmente miembro de las Ejecutivas estatal y de Catalunya de Comfia-CCOO (Federación de Servicios Financieros y Administrativos); también es delegado sindical en el BBVA.

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www.sinpermiso.info, 11 enero 2009